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A la edad de tan solo ocho años, Lukes Mjoka (en la imagen, con la que es ahora su esposa, Liliana Ferreira Novais Barbosa) deambulaba por una estación de tren de Khayelitsha, un distrito segregado de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica. Dos hombres se acercaron a él y le dijeron que subiera al tren con ellos: aquellos hombres llevaron a Lukes a bordo de un tren que le conduciría a una vida en la calle.

El tren llevó a Lukes desde Khayelitsha al distrito segregado cercano de Mitchell’s Plain, donde sus nuevas amistades le enseñaron cómo mendigar dinero. Lukes pasó seis meses durmiendo en la calle. Finalmente, decidieron que Lukes ya no tenía ningún valor para ellos, y se deshicieron de él dejándole en un centro de acogida.

Lukes vivía en el centro de lunes a viernes, pero los fines de semana tenía que dormir en la calle. Seis años después, Lukes volvió a Khayelitsha a tiempo para iniciar su formación en educación secundaria.

En el año 2003, Lukes decidió mudarse a casa con sus hermanas y cuidar de ellas. Aunque Lukes destacaba en la escuela, sus amistades le arrastraron a una vida de violencia y de delincuencia. Comenzó a beber en exceso: “De la bebida pasé a las chicas, de las chicas a las pistolas, y de las pistolas al robo,” ha explicado. La delincuencia se convirtió en la única fuente de ingresos de Lukes. Durante ese tiempo, presenció diversos tiroteos y fue introducido a la metanfetamina en forma de cristal, con la traficaba para ganarse la vida.

Photo Elaine LivingstoneUn día, la policía detuvo a Lukes con 4 kg de metanfetamina; le confiscaron las drogas y le condujeron de vuelta a Khayelitsha. Lukes cree que en aquel momento Dios intervino y salvó su vida. Decidió que había llegado el momento de cambiar. Por casualidad, se topó con un amigo de la infancia que trabajaba de voluntario con un equipo de fútbol calle para personas sin hogar. Lukes se incorporó a sus sesiones de fútbol. Durante ese periodo, uno de los mejores amigos de Lukes –víctima de las drogas y de la violencia de las bandas callejeras– recibió un disparo por la espalda, a consecuencia del cual murió poco después. Aquello bastó para hacerle comprender que tenía que abandonar esa vida.

Con gran esfuerzo, fue seleccionado como capitán del equipo que representó a Sudáfrica en la Copa Mundial de Fútbol Calle 2010, celebrada en Brasil. Ese fue el inicio de una nueva vida para Lukes: regresó a Sudáfrica y comenzó a trabajar con el proyecto Oasis, donde ha enseñado y ayudado a otros jóvenes y a personas en situación de marginalidad. Igualmente, viajó a la Copa Mundial de Fútbol Calle 2011 celebrada en París, y a la del año 2012, en México, donde trabajó con el equipo sudafricano.

Lukes vivió en Brasil durante seis meses, se hizo voluntario para la Copa Mundial de la FIFA 2014 celebrada en Río de Janeiro, donde trabajó con el programa Football for Hope de la FIFA organizando una Mini Copa Mundial para los niños, ofreciendo su ayuda y sesiones de habilidades para la vida.

Ahora dirige el programa Oasis en Sudáfrica, donde ayuda a jóvenes como él, que han vivido en la marginalidad o en la negligencia.

Lukes atribuye su éxito a todos los voluntarios y trabajadores que le ayudaron cuando era niño. Afirma que: “En la vida de cada niño es fundamental tener buenos modelos de conducta.” Él es ahora uno de esos buenos modelos de conducta: “De hecho, ¡puedo prometerles que ‘un balón puede cambiar el mundo’!”

 

Foto: Elaine Livingstone

 

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