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La carrera futbolística de Paul McGee comenzó como un sueño, pero terminó como una pesadilla.

El debut de McGee en la liga ocupó todos los titulares. Era el 17 de mayo de 1989, su 21 cumpleaños, y su equipo, el Wimbledon, visitaba al que pronto iba a ser campeón, el Arsenal, en el estadio Highbury, donde todas las localidades se habían agotado. McGee enmudeció al público local cuando marcó en los últimos momentos del partido el gol del empate (2-2). “Ese fue el momento cumbre de mi carrera.”

Podría haber habido más momentos cumbre, pero la carrera de McGee dio un vuelco cuando se rompió el tobillo en 1992, durante un entrenamiento. Aquel incidente iba a costarle casi dos años para recuperarse, aunque nunca volvió a su máximo nivel.

Fue un incidente cruel. Ese mismo día, esperaba sellar su transferencia al Coventry City. Los clubes ya habían acordado la cuantía por transferencia, y había recibido las felicitaciones de sus compañeros de equipo. Un día después, recibió una carta con su primera convocatoria para la selección nacional irlandesa. Pero ni la transferencia ni el debut en la selección irlandesa llegaron nunca.

Su carrera activa finalizó en 2003.

Entonces, comenzó la pesadilla.

“No sabía exactamente qué estaba pasando”, recuerda McGee. “Estaba dejando atrás el deporte del fútbol, dejando atrás la actividad diaria sobre el campo, dejando atrás la charla con mis compañeros de equipo. Ya no quedaba nada de todo aquello.”

“Tenía mucho más tiempo para pensar y, con las emociones a flor de piel, lloraba constantemente.”

“Comencé a trabajar como autónomo. Aquello añadió más presión, porque tienes que hacerte cargo de todo tú mismo: impuestos, seguro, etcétera.”

“Trabajar para mí mismo significaba también pasar mucho tiempo a solas, lo que me daba más tiempo todavía para pensar.”

“Sabía que algo no iba bien, pero no tenía ni idea de lo que era o de lo que podía hacer.”

“Temía contárselo a alguien. No sabía qué decir. Es realmente difícil. Solía ser un tipo extrovertido pero, repentinamente, me había convertido en otra persona. No era yo mismo, y no era feliz.”

La situación de McGee empeoró seriamente. Hasta que un día, en 2010, decidió suicidarse.

“No pude soportarlo más. Fue terrible; el momento más difícil de mi vida.”

Afortunadamente, un amigo muy cercano detuvo a McGee en el último momento, literalmente.

“Me miró a los ojos y dijo: Voy a llevarte a un lugar donde pueden ayudarte. Me llevó al hospital. Tras hablar conmigo y verme llorar, los médicos me diagnosticaron una profunda depresión.”

Paul McGee 250 455Fue el punto de inflexión en la vida de Paul. Durante los dos años y medio siguientes, estuvo bajo medicación, recibía asesoramiento y visitaba a los médicos cada semana. “Era difícil hablar de todo aquello, de mi vida. Pero ahora me alegro de haber acudido a ellos.”
“Sufrí esta enfermedad durante seis años. Fue una batalla muy dura.”

McGee ganó esa batalla.

“Siempre habrá uno o dos días malos, pero reconozco las primeras señales cuando llegan, y tengo herramientas para protegerme. En esos casos, sencillamente me mantengo activo: leo algún libro o intento pasar tiempo con mis hijos, que son una gran parte de mi vida. Con esos mecanismos, puedo superarlo.”

En la actualidad, McGee trabaja como repartidor para una empresa de mensajería. “Es un buen trabajo, aunque preferiría participar en el fútbol.”

En realidad, ha vuelto a jugar al fútbol, e incluso representa a su país como miembro del equipo de Masters de la República de Irlanda. Es una iniciativa diseñada para que antiguos jugadores de la selección nacional prolonguen su presencia en el fútbol y mantengan un estilo de vida saludable. Pretende también aumentar la concienciación sobre los problemas de salud física y mental.

“Es un gran proyecto en el que participan muchos futbolistas que acaban de finalizar su carrera deportiva. Me ha ayudado mucho y también ha beneficiado a muchos compañeros.”

“Vuelvo a jugar el deporte que amo, y lo disfruto.”

 

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