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Stephanie Labbé: Ganar los Juegos Olímpicos no basta para curar la salud mental

23 de septiembre de 2021
  • En los Juegos Olímpicos de 2020, Stephanie Labbé alcanzó su sueño de ganar el oro, con el equipo de Canadá, pero ese trayecto le pasó cara factura para su salud mental.
  • La guardameta de 34 años del París Saint-Germain sufrió ataques de pánico durante todo el torneo, terminando emocional y mentalmente exhausta.
  • Hoy en día, Stephanie defiende que todos los jugadores tengan acceso a herramientas para velar por su bienestar mental, tanto dentro como fuera del campo de juego.

“Cuando subí a aquel podio para recoger la medalla de bronce con Canadá en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro de 2016, me embargaba el orgullo; todos los preparativos y el trabajo duro habían rendido fruto, y estaba impaciente por llegar a casa y compartir mi logro con tantas personas como fuera posible.

Sin embargo, cuando efectivamente todo el mundo clamaba por ver la medalla y hablar acerca de la experiencia, comencé a sentirme vacía interiormente. Comencé a sentir que esa pieza de metal valía más de lo que valía yo como persona, y creo que ello me sumó en una espiral descendente. Sin una competición inmediatamente próxima, comencé a sentir que mi motivación descendía. Con el tiempo, aprendí a encontrar un equilibrio en mi mente, entre lo que había alcanzado y mi valía, y he vuelto a atesorar mi medalla de nuevo; especialmente, cuando considero lo duro que trabajé, tanto física como mentalmente, para alcanzar ese punto en mi carrera.

En 2012 dejé el fútbol internacional, y ahora, en retrospectiva, como alguien que ha hecho realidad sus sueños y ha conseguido no solo un bronce, sino también una medalla de oro, si pudiera comunicarme con mi propio yo de hace nueve años, le diría que está tomando absolutamente la decisión correcta.

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Tan pronto como me comprometí a realizar esa pausa, sentí un incontenible alivio al poder tomar la decisión de apartarme de un entorno que no era saludable para mi estado mental. Había estado permitiendo que factores externos dictaran mi propia confianza y autoestima, y necesitaba distanciarme de la selección nacional para poder hallarlas en mí misma como persona. Por supuesto, para mí fue difícil ver a las chicas continuar hasta ganar la histórica medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Londres de ese año, pues sabía que había renunciado a mi oportunidad de formar parte de esa experiencia, pero al mismo tiempo sabía que estando allí no podría disfrutar el momento.

Priorizar la propia salud mental por encima de la competición fue especialmente prevalente durante Tokio 2020, como quedó destacado por los casos de Simone Biles y Naomi Osaka. Empatizo con ellas, porque personalmente sé que, en resumidas cuentas, la salud mental y física no son muy distintas. El problema es que, cuando se presenta un problema de salud mental, puede ser mucho más difícil reconocerlo y expresarlo.

En Tokio, soporté una dolorosa lesión en el primer partido, y estuve entrando y saliendo del hospital para hacerme pruebas, tratando de evaluar el daño y si podía seguir jugando o no. Pero, a nivel interno, había una lucha enteramente diferente saliendo a la luz. Cuando se hizo obvio que jugar no agravaría mi lesión, tomamos entonces la decisión de que era físicamente posible regresar al campo de juego, a pesar del considerable dolor que tendría que soportar.

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No tenía ni idea de que esa lesión desencadenaría una vulnerabilidad subyacente en mi estado mental. Mi adrenalina estaba tan elevada, y mi sistema neuromuscular tan debidamente dispuesto a responder, que me costaba mucho apaciguarme entre partidos, lo que resultó en elevados niveles de ansiedad y múltiples ataques de pánico. La situación llegó hasta el punto de no poder entrenar entre los cuartos y la final, a causa del nivel de sobreestimulación que presentaba.

Sabía que no era ansiedad por el rendimiento, pues confiaba totalmente en mis capacidades y los nervios no eran un problema el día del partido. Cuando echo la vista atrás, me doy cuenta de que era una acumulación de todo lo que experimenté durante el año anterior: la pandemia, el cambio de personal de entrenamiento, la falta de claridad acerca de mi posición en el equipo; llegar a los Juegos Olímpicos no era la panacea.

Cuando sonó el pitido final y ganamos el oro, esperaba sentir un intenso alivio pero, sencillamente, ese alivio no llegó. No importaba cuánto quisiera relajarme y celebrar el triunfo con mis compañeras de equipo, simplemente no podía salir de ese estado de alerta máxima, y básicamente me pasé las 48 horas después de la final, tendida en una habitación a oscuras.

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Fue casi lo contrario de lo que había experimentado con mi medalla de bronce en Río. En lugar de dejar que la medalla me definiera, me sentí completamente disociada de mi logro. No podía procesar los miles mensajes de felicitación, las solicitudes de los medios, o el futuro impacto que nuestro logro tendría al volver a casa. Es tan solo ahora (tras una buena pausa y casi un mes después del evento), cuando puedo asir la medalla y sentirme conectada a ella como fuente de orgullo.

La enfermedad mental es muy difícil de definir. No es como un diagnóstico general que puede acomodar todos los casos, e incluso una misma persona puede vivir dos experiencias totalmente opuestas a partir de ello. Por esa razón son tan importantes iniciativas como la de FIFPRO’s “Are You Ready To Talk” (¿Estás listo para hablar?): proporciona a los jugadores las herramientas y los recursos para abordar los retos mentales que quizá tengan que afrontar en sus carreras.

En ocasiones parece que nuestra salud mental está directamente vinculada a nuestro desempeño sobre el campo de juego, y aunque comprendo que, por supuesto, es un factor, no es la totalidad del panorama. Una vez que el trofeo ha sido alzado y los seguidores han dejado de aplaudir, el jugador podría llegar a sentirse en su punto más bajo. Es justo en ese momento cuando necesitamos más apoyo, cuando somos meramente seres humanos.