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La inestabilidad económica no es una rareza en el fútbol. Gobernanza deficiente, gestión imprudente, ingresos volátiles, normas laborales frágiles: las causas son numerosas. La pandemia ha ejercido mayor presión, provocando el cierre de estadios, recortando ingresos y ampliando la brecha entre los clubes más acaudalados y los restantes. No hay que engañarse por el periodo de transferencia de este verano: tras los titulares conocidos acerca de las estrellas de mayor renombre, miles de jugadores afrontan un futuro incierto.

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Sobre

Nick De Marco Q.C.

Abogado senior y miembro de Blackstone Chambers

Nick ha asesorado y actuado para varios organismos deportivos, clubes de fútbol y jugadores en disputas comerciales y regulatorias. Ha demostrado una especial experiencia en la regulación financiera en el fútbol, incluyendo la actuación para la PFA en su reciente y exitosa impugnación del intento de la Liga de Fútbol inglesa de imponer reglas de tope salarial.

El momento para una reforma ha llegado. La pregunta es: ¿cuáles son las prioridades más urgentes, y cómo desempeñan su función los diversos partícipes? Una cosa es clara: todo el mundo tiene interés en la estabilidad financiera, comenzando por los jugadores cuyas carreras, breves e inciertas, dependen del crecimiento del juego. Por supuesto, también los seguidores, que pueden ver amenazada la misma existencia de los clubes que aclaman debido a la deuda. Pero al igual que las causas de perturbación son muchas y variadas, el panorama político es complejo. Toda reforma seria debe proveer un conjunto común de normas para un deporte globalizado, al mismo tiempo que respetar los regímenes económicos y sociales, que varían enormemente de un país a otro, e incluso en el conjunto de la Unión Europea.

Esta complejidad explica por qué un límite salarial sería más perjudicial que beneficioso. Al precipitarse para actuar rápidamente, el atractivo de un arreglo rápido y fácil conlleva un enorme riesgo. Basta con preguntar en los niveles tercero y cuarto de la Liga inglesa de fútbol, que este año se vieron forzados a abandonar un nuevo límite salarial en mitad de la temporada. Los jugadores y su sindicato (Professional Footballers Association), nunca fueron consultados acerca del plan de la Liga y, cuando legítimamente lo denunciaron ante un tribunal independiente, el límite salarial fue retirado a media temporada. La Liga ha rechazado publicar las conclusiones del tribunal, pero la lección para otros es clara: aunque se presenten con las mejores intenciones, los “decretazos” nunca funcionan.

Pero esto no ha sido únicamente una deficiencia de gobernanza: la mera idea era errónea. Al establecer un límite salarial en el nivel más bajo de cada división, la League excluyó a los clubes que podían destinar mayores sumas a salarios, aun operando dentro de sus medios. Ello lastró los salarios, limitó la competencia entre los clubes y amplió la brecha entre la League One y la Championship, que no quedaba bajo el límite salarial. Este experimento fallido apunta a un problema más profundo.

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Si el objetivo es incrementar la estabilidad financiera, no se deduce claramente cómo un límite salarial puede lograrlo. El balance de todo club es un conjunto complejo de ingresos, costes, inversión y deuda; cada propietario pretende alcanzar distintas prioridades y aplica distintas estrategias comerciales; y cada club juega en un país particular, con sus propias condiciones económicas. Elévese ello al nivel internacional, y nos enfrentamos a una vertiginosa diversidad de normativas laborales, regímenes fiscales y estándares contables a nivel nacional. ¿Cómo sería supervisado e implementado cualquier límite salarial entre distintos países?

En un panorama tan fragmentado, los salarios de los jugadores son únicamente una parte de la historia. Colocar la carga de la reforma sobre sus hombros, cuando toda una industria se encuentra bajo enorme presión, sería erróneo e injusto.

Las preguntas no terminan aquí. En las competiciones abiertas del fútbol, donde todo el mundo tiene la posibilidad de promoción, ¿cómo captarían los clubes operando bajo límites más bajos, nuevo talento desde niveles más elevados? ¿Qué ocurriría cuando un club fuera ascendido: podría ofrecer contratos con seguridad a los jugadores en su nueva división, cuando el esfuerzo para evitar el descenso está plagado de incertidumbres? Con mayor probabilidad, un límite salarial tan solo serviría para ampliar la brecha entre las distintas ligas, blindando todo predominio preexistente.

“Un límite salarial permitiría a los clubes más acomodados pagar incluso mayores cuantías por transferencia”

— por Nick De Marco Q.C.

Entonces, ¿cómo reconciliaríamos un límite con el sistema de transferencias? Sean cuales sean las opiniones que se tengan sobre el régimen actual, es el sistema de transferencias lo que permite a los clubes competir por el talento. Un límite salarial permitiría a los clubes más acomodados pagar incluso mayores cuantías por transferencia, asegurándose la posesión de los mejores jugadores, mientras que los propios jugadores perderían su libertad para negociar. Se trata tanto de un problema moral como económico.

Ninguno de estos problemas existe en ligas cerradas, tales como en los Estados Unidos, donde los límites salariales pertenecen a una cultura totalmente diferente: una cultura donde los sindicatos de jugadores negocian directamente con sus empleadores, acordando colectivamente el salario y otras condiciones laborales. Así pues, no debería sorprendernos que la absurda carrerilla de este año hacia una Superliga Europea incluyera planes para establecer un tope salarial: iba a ser una liga cerrada, sirviendo a los intereses financieros de un número limitado de clubes. Prueba adicional, si es que hace falta alguna más, de que un límite salarial no es lo que el fútbol necesita.